A él lo conocí el año
pasado, un amigo me lo presento. Él es alto, pelo negro, ojos pequeños y tiene
esa sonrisa que trasmite sinceridad. Él tiene un nombre muy extraño, es una
persona como pocas en esta época, yo no me hablo mucho con él y creo que nunca
lo haré, tiene esa forma de rareza tierna que llama la atención; le gusta la
naturaleza, la justicia, los derechos humanos, ama a Dios, la cultura,
divertirse y muchas cosas que quizás nunca sabré. Es un buen amigo según lo que
puedo escuchar de personas, que si tienen esa capacidad de hablarle por más
de quince minutos, él es proactivo y
siempre apoya en todo lo que pueda, es un hombre de confianza según mi párroco.
No es tímido pero si es reservado, habla lo necesario y cada vez que lo hace se
aprende algo.
Yo no me hablo mucho con él, solo lo miro de lejos,
esperando que un día él se dé cuenta que esa sensación de que alguien lo
observa tiene origen en mí. Sabe mi nombre, a duras penas se lo aprendió, después
del interrogatorio que un día le hice, el me mira y se ríe; desde lejos siempre
nos saludamos y despedimos con unas manos tímidas que significan hola y chau en
un lenguaje común (en mi lenguaje significa: que bueno que estés aquí y ve con
cuidado que el mundo es peligroso), se ha vuelto nuestras costumbre o al menos
eso creo yo. Recuerdo que el mes pasado me arme de valor para poder quebrantar
esa “despedida de manitas” y poder hacerlo con un beso en la mejilla, cuando me
acerqué, él se puso un poco para atrás, lo cual movió nuestras mejillas y nos
dimos un roce de “quijada – oreja”. Ese día me fui muy avergonzada, pero al día
siguiente, cuando nos saludamos de mejilla sin que ninguno de los titubee, entendí
que era la sorpresa de romper una rutina, una costumbre, un hábito que sin
querer habíamos creado. Actualmente volvimos a ese hábito “del saludo de
manitas” con una fuerte sonrisa, es mucho más gratificante que un saludo en la
mejilla.
¿Me gusta? Es la
interrogante que pasa por mi mente, cuando lo veo y no lo veo. Me dijo a mí: es
un BUEN PARTIDO, tiene 24 años, es Ingeniero Económico de la UNI, tiene un buen
empleo y tiene todas las cualidades anteriormente mencionadas, pero sobretodo
tiene ese “ no sé qué” que me roba miradas y suspiros. Quiero hablarle,
realmente quiero llegar a conocerlo mejor, me da curiosidad.
Cuando terminó nuestro curso
en el que estábamos (y en mi mente digo “nuestro curso JUNTOS”) esperé con
ansias la solicitud de amistad, actualizaba en cada momento mi Facebook esperando
que llegará, mis emociones se mezclaban, ese día me fui a dormir con una
incertidumbre en mi mente; al día siguiente, esbocé una sonrisa sin ni siquiera
pedirla, estaba su nombre, su sonrisa en esa solicitud. Me demore en aceptar, según
yo para hacerme la importante, pero con esa esperanza que algún día me salga: “*****
te envió un mensaje”.
Hace dos día lo googlee, me
entere de tres cosas, solo una es importante. Me entere cuál es su nombre
completo, me entere que trabaja para una importante empresa y que tiene twitter
en desuso. Nunca había googleado a alguien, nunca me había puesto tan
impaciente porque alguien me hable. Él hasta el momento no lo hace, y me tengo
que conformar con ver su punto verde entre “los más amigos”, me conformare con
sus likes a fotos que nos etiquetan juntos y me conformaré viendo lo que
publica sentada detrás de mí laptop con una sonrisa y nostalgia, imaginando mil
tipos de temas de los cuales podríamos conversar.

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